En un nuevo episodio de Mehr als Ästhetik, la Dra. Sonia Díaz, directora médica de Clínica ICA, abordó en profundidad uno de los tratamientos más conocidos —y a la vez más rodeados de mitos— de la medicina estética actual: los neuromoduladores, comúnmente conocidos como “botox”.
La doctora comenzó contextualizando la importancia de la formación médica continua y los avances adquiridos recientemente en encuentros internacionales de expertos en anatomía facial. Estos espacios permiten comprender que cada rostro es único y que la manera de tratarlo no puede ser estándar. La anatomía cambia de una persona a otra, y con ella debe cambiar también la técnica. De ahí nace el concepto que la Dra. Sonia define como su “GPS médico”: saber exactamente dónde, cómo y por qué aplicar cada tratamiento para garantizar seguridad y naturalidad.
Durante la conversación también se abordó el papel de la inteligencia artificial en la medicina estética. Aunque ya se utiliza como herramienta de apoyo —por ejemplo, para diagnósticos faciales o análisis de la piel—, la doctora fue clara: la IA no puede sustituir el contacto humano, la escucha activa ni la valoración médica directa. Mirar al paciente a los ojos, tocar la piel, entender qué busca realmente y gestionar expectativas sigue siendo una tarea exclusivamente médica.
El eje central del programa giró en torno a los neuromoduladores, un medicamento con más de 200 años de historia médica y más de dos décadas de uso en estética. Lejos de limitarse al tratamiento de arrugas de expresión, hoy su aplicación es mucho más amplia: asimetrías faciales, bruxismo, sudoración excesiva, migrañas crónicas, contracturas musculares, cuello, mandíbula e incluso determinadas patologías funcionales. De ahí la evolución del término “botox” a “neuromoduladores”, que pone el foco en su función real: modular el músculo de forma controlada y segura.
La Dra. Sonia desmontó algunas de las grandes leyendas urbanas asociadas a este tratamiento: la parálisis del rostro, la pérdida de expresión o las deformidades. Estos efectos, explicó, no dependen del producto, sino de quién lo pone y cómo se pone. El mal uso, las dosis excesivas o la falta de formación profesional son el verdadero origen de los malos resultados. Por eso insistió en que se trata de un tratamiento médico, que debe realizarse siempre tras una valoración personalizada.
Otro aspecto clave fue la durabilidad variable del tratamiento. Factores como el sistema inmunitario, el estrés, el estilo de vida, la suplementación o incluso cambios post-COVID influyen en la respuesta del paciente. Por ello, en Clínica ICA se evalúa cada caso de forma individual, combinando neuromoduladores con otras técnicas cuando es necesario para optimizar resultados.
El mensaje final fue claro: la medicina estética no busca transformar, sino respetar la esencia de cada persona, realzar su luz y acompañarla con seguridad, ética y ciencia. Porque cuando se hace bien, la estética no es superficial: es bienestar, confianza y salud.
